domingo, 30 de septiembre de 2012

Que las cuerdas atan.

Y de vuelta a las andadas. Parece que el tiempo no ha pasado y en cambio me siento mayor. En cambio podría contarte tantas cosas y todo se me queda encallado en la garganta como el barco en las rocas más altas. Podría contarte que he perdido el dorado en los cabellos y en brillo en la mirada, toda una cursilada. Que sigo esperando una respuesta y una carta que aún está por escribir. O quizás no. Quizás ya no la espero y lo que espero es que parezca que ha pasado el tiempo; que no se puede perder lo que nunca se ha tenido. Y hoy he descubierto que no me queda voz para gritar, que si grano a grano se hace una montaña, lágrima a lágrima yo podría renovar el agua del mar. Exagerar fue siempre mi don, y quererte fue solo otra del montón. Pero tú cuéntale a tus hijos que pude ser su madre, que pudieron aprender lo que no sé. Pero no lo esperaré. Estaré tan lejos de aquí, en algún lugar en el que las nubes choquen con la tierra, donde el cielo se confunda con el mar, donde la gente no sepa mi nombre. Un lugar donde poder respirar sin que me duelan los recuerdos. Un lugar para crear, donde las colinas susurren el silencio y la música la pongan los pájaros al cantar.

Permíteme que me acojone cuando pienso que podría ser normal.

¿Lo ves? No soy normal. Diría que estoy fuera de lugar, pero sé que has podido imaginar ese lugar con el que sueño, un lugar en el que no estás. Donde no estoy yo, que soy lo que más me preocupa. Que dicen que el amor es una mierda, pero yo prefiero tener el corazón roto, que con cada trozo puedo amar a otro. Pero no creas que ellos serán como tú. Los prefiero más felinos y con nombres gatunos. ¿Que estoy loca? No lo dudes, pero, cielo, nadie nace cuerdo. Eso lo empeora el tiempo, y yo al tiempo le puse tu nombre.

domingo, 19 de agosto de 2012

Lo típico.

La típica chica americana, de la típica ciudad americana, del típico instituto americano. La típica chica del club de lectura y el taller de teatro. La típica chica de la cual nadie conoce su nombre, la que empujan por los pasillos y tira los libros al suelo. Lo extraño de esta historia es que él no era el típico chico americano, de la típica ciudad americana. del típico instituto americano. Al menos no el típico que se acercaría a la chica típica. Ni jugaba al baloncesto ni al fútbol americano. Era el chico de los campeonatos de ciencias, de las calculadoras humanas. Pero ella, como típica americana, cae rendida ante los ocultos encantos del joven de ciencias, ante lo que esconden sus ojos y lo que, como típica americana, pretende descifrar.

Nos iremos a Boston.

¿Sabéis qué? Que ellos acaben teniendo la mayor de las historias de amor jamás contadas solo pasaría en la típica película americana, con los típicos jóvenes americanos. O quizás no. Quizás ellos tendrían la voluntad de conseguir lo que nadie hizo. Mas ya se sabe que aquí, perdidos de la mano de Dios, donde hace tanto calor en verano y tanto frío en invierno, no será igual de sencillo, que no dependerá de las casualidades causadas por un director de cine mundialmente reconocido. Se supone que solo dependerá de ellos. Se supone.

viernes, 20 de julio de 2012

Soft.

Tic-Tac. El reloj taladra mi cabeza. No para ni un momento y me pone de los nervios. Pero es más difícil mantener el tiempo quieto de lo que pueda parecer. Mírame a mi, yo, que solo quiero verlo pasar, corretear liviano a mi alrededor para verte una vez más. Hoy me he puesto mis mejores galas, mi colonia más cara, esperando en la sala. Nunca esperé a nadie. De hecho soy de los que me hago de rogar, de los que nunca se paran a mirar la hora, de los que se sienten libres de espíritu, de los que nadie los puede obligar. Me duele la boca, las llagas me matan y haber estado corriendo esta mañana no ayuda a que mis piernas se mantengan por si solas. 

Me estoy volviendo un blando.

Que poco romántico, que poco poético, que poco yo. Aquí hablando de cosas que le pasa a todo el mundo. ¿Qué me ha pasado? Supongo que no son los mejores momentos para ponerse melancólico, porque uno no se pone melancólico cuando está feliz. Me sudan las manos; que poco profesional. Escribiré un libro, tendré hijos, iré de viaje. Tiempo al tiempo, y tú a mi. Porque no necesito otro papel que no sea tú piel, otro destino que no sea tu mente, ni otra madre que no seas tú. Y perdona mis impertinencias; perdona que no sea de los que tallan nuestros nombres en los árboles, de los que descubren estrellas para ponerles tu nombre, de los que alquilan una limusina para llevarte al baile. Que persona tan mediocre. Podría decir que mereces algo mejor que yo, pero al verte entrar por esa puerta, me hace recordar las noches sin dormir pensando en ti, las miradas que matan, las canciones que recuerdan y los tic-tac que taladran mi cabeza solo para verte una vez más.

viernes, 29 de junio de 2012

Todo esto.

Todo esto. Toda esta mierda era la que no buscabas y encontraste; ya me entiendes. Es de esas cosas que evitabas, que te echan hacia atrás cuando vas a saborearlas porque recuerdas la manzana envenenada que acabó con Blancanieves. Todo esto es como aquella vez que jugaste al escondite con los colegas y tú eras el que más tiempo aguantaba; el miedo, la adrenalina, las ganas de salir vencedor. Toda aquella mezcla de sentidos, que no sentimientos. Todo esto se escapa de las manos a los que amamos tenerlo todo controlado más que nada. Y ese amor se deteriora cuando ves que todo corre a sus anchas por los enormes campos de tu mente. Cómo mandarlos a callar. Cómo mandarlos a su sitio. Cómo decirles que tranquilos. Todo esto es demasiado asqueroso como para seguir utilizando eso de "todo saldrá bien" y más cuando todos lo utilizamos cuando las cosas no van como deberían. Todo esto es un gran comienzo complicado, de esos que siempre he buscado para probar mi propia voluntad. Pero no, esto no es como prometer que te llevarás un par de meses sin comer chocolate. Eso es voluntad. Decir que esto lo sacaré por esos cojones que no tengo es hablar demasiado, es animar lo que está desfalleciendo. Pero lo digo. Y lo que digo, lo hago; todo esto no se queda solo en palabras mal pensadas. Todo esto es solo cuestión de moi.

Olvídate de la princesa; habrá que ser el lobo.

sábado, 12 de mayo de 2012

Benditos sean los olvidadizos, pues superan incluso sus propios errores.

Pongo los pies sobre la tierra. El despertador aún no ha sonado. Me giro y miró el lado derecho de la cama; nada. Casi lo olvidaba. Ya no hay más que un revoltijo de sábanas frías, la alcoba vacía. A duras penas consigo vencer la gravedad, y lo primero que encuentro es mi reflejo en un espejo. Vaya. Cenicienta, has dormido muchos años. Mi pelo, de ese color indefinido, ahora adquiere un tono blanco que me recuerda a las damas de noche y las pecas que se abrían paso en mi juventud habían quedado transformadas en intensas arrugas que surcaban mi cara. Mis manos pellejosas y mis uñas desgastadas recorren los labios que ya no se pueden pintar. Cuantos años he dejado pasar desde que ya no está. La persiana no está echada, y la luz del sol  aún es demasiado débil. Camino arrastrando los pies hasta la salida del cuarto, no sin antes dejar una mirada panorámica a todo lo que ahora habita esa habitación. Ese libro sobre la mesilla de noche, acumulando polvo día tras día, siempre marcada la misma página. Como cada mañana, me obligo a llegar hasta la cocina y pongo la cafetera sobre el viejo hornillo. Y de nuevo pongo dos tazas cagadas de café. Las miro seriamente; la ira me corroe. Estampo una contra el suelo, dejando la taza hecha añicos por todo el enlosado, imitando a una de esas obras modernas que nadie puede entender. Me siento como si nada hubiera pasado, dejando que el ardor de mi café calienten las frías manos y el frescor de la mañana enfríe la cabeza. El sitio vacío ante mi me lo vuelve a recordar todo, una y otra vez. Casi soy capaz de verlo entrar por la puerta con esas sonrisa y la incertidumbre mal enmascarada en sus ojos verdes, recogiendo la taza de café del suelo sin preguntar nada más. Porque él era así. 

Me conoces, soy una chica impulsiva.

Y a mucha gente podría haberle molestado que no le preguntaran que le había pasado, que no la achucharan a preguntas sin respuesta, agobiando con miradas inquisidoras. Él era diferente. Un mechón de pelo blanco me devuelve a la realidad. Los verbos en pasado, su mirada verde. Como me engaña el subconsciente. Mi cerebro ha decidido recordarlo así, como a mi me gustaba, con esa sonrisa, la piel morena, el pelo azabache y los ojos verdes. Dejo la taza vacía sobre el fregadero y miro los restos de café en el suelo una vez más antes de salir. Los ruidos comienzan a rellenar la casa, ruidos que vienen de fuera. Cuando llego a mi cuarto, la cama está hecha y un traje negro descansa sobre ella. Me lo pongo sin rechistar. Mientras lo hago puedo ver mi figura ya deformada por el tiempo, arrugada como si llevara años metida en agua. Pero cuando saco la cabeza por el traje casi soy capaz de verme con mi pelo de color indefinido y mis ojos negros, luciendo el traje rojo que él me compró, mientras me abraza por la espalda, recordándome la misma anécdota una y otra vez.
Dios buscó a Adán y le entregó a Eva. Este, sorprendido le preguntó: "Dios, ¿por qué la has hecho tan hermosa?" A lo que Dios le contesta: "Para que puedas amarla." La observó Adán durante un rato y volvió a preguntar: "¿Y por qué la has hecho tan tonta?" Y Dios respondió: "Para que ella pueda amarte a ti."
Y yo sonreía como la Eva del cuento. De nuevo, el mechón blanco. Me tumbo de nuevo en la cama y se apaga la luz.

Eterno resplandor de una mente sin recuerdos.

Recuerdo una voz a lo lejos que me resulta familiar. Abro los ojos y veo el reluciente rostro de mi hija, no podía ser otra. Miro a mi lado, pero la cama está vacía. O llena de ausencias. Un hola mamá y una sonrisa de su parte y una pregunta inquisidora de mis labios: ¿Dónde está tú padre? seguido de un bostezo despreocupado. Pero ese mamá, papá hace años que murió me desconcierta. Extrañada tengo que luchar contra la gravedad y encontrarme con mi reflejo: el pelo blanco, las arrugas de mi piel, mis ojos pardos. Cenicienta, has dormido muchos años.

domingo, 15 de abril de 2012

La chica de la habitación de algún lado.

Allí está ella, con su pelo artificialmente alisado, los labios con carmín y un traje rojo. Un cigarrillo permanentemente apagado y un vaso manchado con un beso. Estoy sentado en la misma barra del mismo bar que encontramos abierto. No me atrevo a mirarla, por si el abismo de sus ojos negros me llegase a engullir. Por si acaso, me mantengo al margen de su historia, por si me embelesa su forma de contar mentiras. Ni siquiera he hablado con ella y ya estoy enamorado. Soy un desquiciado. Camarero, un vaso más. Y ella me mira. No he dicho nada importante. Un empalagoso aroma a coco rellena el vacío. La señorita invita. Esa mujer está maldita. No sé que me ha hecho, pero no estaría mal que me dejara en paz. Un tacón en el suelo. Un paso más. Que no se acerque, su movimiento me irrita. Pasa por detrás y sé que me mira, porque solo ella y su mirada podría conseguir que la piel del cuello se me erizara. Se acerca a un viejo tocadiscos en un rincón oscuro de la sala. Con todos ustedes, Sabina. Tanto la quería, que tarde en aprender a olvidarla 19 y 500 noches. Juega conmigo, lo sé y ya no sé si me importa o dejó de importarme cuando la vi a ella. No sé su nombre, pero eso no me ha impedido pensar en ella. Como la odio. El rubor de sus mejillas sin maquillar no me deja dormir en paz. No me extrañaría que llevara un arma guardada entre tanta sensualidad. Se acerca de nuevo y rezo porque no sea a mi. Se acerca a la barra, deja un billete y se marcha de nuevo. Otra vez de a su vida, a su historia repleta de mentiras, de miradas furtivas a otros, y eso me mata. Maldita bruja barata. Que me ha hecho. La hubieran condenado a la hoguera si no fuera tan bella. Debería estar penado hacerle eso a los hombres que están desquiciados. Ella sabe que la amo. Y yo sé que ella lo sabe por  una lista de razones que dejo escritas en una servilleta sobre el mostrador donde se lee:

A quién pueda interesar:
Ella me ama, varias cosas la delatan;
-El pelo liso.
-Los labios con carmín.
-Los ojos oscuros.
-No lleva maquillaje.
-No fuma.
-La colonia de coco.
-La canción de Sabina.
-Siempre vuelve. Siempre mira. Siempre será mía.

miércoles, 11 de abril de 2012

Me emborracho de mañanas sin problemas.

Abro los ojos. De nuevo esa sensación pastosa en la boca, esa de tantas horas sin beber. Aún no soy consciente ni siquiera de donde estoy. Distingo el color del techo y eso ya me parece demasiado esfuerzo. Media vuelta. No quiero salir de aquí. Hoy no. ¿Quedaría demasiado mal decir que me la pela lo que pase allí fuera? De todas formas no tengo porqué decirlo, con pensarlo me doy por satisfecha. Aquí dentro yo soy dueña de todo lo que tengo, de todo lo que soy. Nadie viene a recordarme que mi vida es más que finita. Es ínfima, es un suspiro. Aquí me siento reina de un reino sin fronteras, reina de mis pensamientos, mis ideales, mis sentimientos. La sensación desagradable que me oprime el pecho a menudo desaparece cuando apago la luz y el mundo desaparece. Cuando estoy mal, triste, desahuciada por todo lo que me pudo pasar, simplemente duermo. Parece increíble. Tengo sueños y pesadillas, excepto cuando realmente me encuentro mal. Mi cerebro desconecta, deja literalmente de trabajar. Debo suponer que me da un tregua. Pero, como puedo notar, esa tregua ha terminado, porque no llevo ni dos minutos consciente de donde me encuentro y ni uno que adiviné el color de las paredes y ya he pensado toda esa sarta de sandeces. No quiero ver a nadie que no se encuentre en este momento aquí conmigo. Porque si no está significa que no lo necesito. O me obligo a creérmelo. 

I think it's time to get drunk.

Miento. Saldría de aquí para beberme media botella de whisky con unos cubitos de hielo.  Como los de aquel bar de mala muerte al que siempre voy. Allí donde, como aquí, no me piden que sea más alta, más delgada, más guapa, más simpática para cumplir mis deseos. Y sí, soy así de simple. Creo que el tipo de detrás de la barra ya sabe quién soy y que voy allí cada fin de semana. Normalmente siempre pido lo mismo, a no ser que sea un día especial. Esos días no pido whisky, pido algo peor. Algo fuerte y que sepa bien. Que ayude a mi cerebro a desconectar antes de que caiga la noche y sea la luna la única que me haga compañía. No como ahora, que el sol me está llamando a gritos desde el otro lado de la ventana mal cerrada. Me duele la cabeza, o eso creo a primera vista. "Ayer bebí hasta jurar, pero hoy no me levanta ni Dios." Que mierda importa lo demás. Como si a lo demás lo importara yo algo. Ahora mismo no recuerdo ni mi nombre. Aquí, con mi boca pastosa, mi cerebro aletargado, mis extremidades entumecidas y ese penetrante olor a alcohol 95º soy la persona más feliz sobre la faz de la tierra. Lo soy hasta que recuerdo quién soy.

Espina.

Parece, aunque a veces sólo lo parece, que por cada cosa mala que a uno le dicen, diez de las buenas se olvidan, se escapan. Como si nunca ...